LA GUERRA QUE NUNCA SE LLAMA GUERRA: LENGUAJE, PODER Y LA CONSTRUCCIÓN DEL ENEMIGO


Por: Javier E. Carrasco

"La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia
y la segunda como una miserable farsa"

Parafraseo de Karl Marx sobre Georg Wilhelm Friederich Hegel

A lo largo de la historia moderna existe una constante que pocas veces se analiza con detenimiento: antes de que un ejército cruce una frontera, casi siempre existe una batalla previa en el terreno del lenguaje. Las guerras no comienzan el día en que caen las primeras bombas, sino cuando se logra convencer a una sociedad de que la guerra es necesaria, inevitable o incluso moralmente correcta. En ese sentido, el primer territorio que se conquista no suele ser un país, sino la opinión pública.

Esto lleva a una pregunta que parece sencilla, pero que tiene profundas implicaciones políticas: ¿quién tiene el poder de nombrar una guerra? Nombrar nunca es un acto neutral. El lenguaje define quién aparece como agresor, quién como víctima y quién como libertador. Por ello no resulta casual que muchos conflictos internacionales sean recordados por el nombre del país invadido y no por el país que llevó a cabo la invasión. Hablamos de la Guerra de Vietnam, la Guerra de Irak o la Guerra de Afganistán, cuando también podrían describirse como guerras de Estados Unidos contra Vietnam, Irak o Afganistán. Esa diferencia no es únicamente semántica; refleja una forma de construir la memoria histórica.

Noam Chomsky y Edward S. Herman explicaron este fenómeno en Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (1988), donde desarrollan el llamado modelo de propaganda. Su tesis central sostiene que, dentro de determinadas estructuras políticas, económicas y mediáticas, los grandes medios de comunicación pueden contribuir a construir consensos alrededor de decisiones gubernamentales, especialmente en política exterior. Antes de una intervención militar suele aparecer una narrativa muy reconocible: primero se presenta al gobierno objetivo como una amenaza excepcional; después se simplifica el conflicto hasta convertirlo en una lucha entre el bien y el mal; posteriormente se afirma que la intervención busca proteger la libertad, la democracia o los derechos humanos y, finalmente, se minimizan o invisibilizan los intereses geopolíticos, económicos o estratégicos que también forman parte del conflicto.

Así, una invasión deja de llamarse invasión y pasa a convertirse en una "operación de libertad", una "misión de paz" o una "intervención humanitaria". El propio lenguaje modifica la percepción de los hechos. No produce el mismo efecto escuchar "invasión estadounidense de Irak" que "Operación Libertad Iraquí", nombre oficial utilizado por Estados Unidos para la campaña militar iniciada en 2003. La elección de las palabras nunca es inocente.


Karl Marx y Friedrich Engels ya habían señalado, en La ideología alemana, que las ideas dominantes de una época suelen ser las ideas de quienes concentran el poder material. Aunque escribieron en un contexto muy distinto al actual, su reflexión resulta útil para comprender cómo el control de los recursos económicos suele ir acompañado de una enorme capacidad para influir en la producción de discursos. Quien posee mayores recursos políticos, militares y comunicativos también tiene mayores posibilidades de imponer su interpretación de los acontecimientos. La disputa no consiste únicamente en controlar un territorio, sino también en controlar la explicación de por qué ese territorio fue ocupado.

Antonio Gramsci desarrolló posteriormente el concepto de hegemonía cultural para explicar que el poder no se mantiene exclusivamente mediante la fuerza, sino también logrando que determinadas ideas sean aceptadas como sentido común. En los conflictos internacionales esa hegemonía se observa cuando un país es reducido a la figura de un enemigo absoluto, mientras desaparecen los matices históricos, culturales o políticos que permitirían comprender la complejidad del conflicto. El debate deja de girar en torno a intereses económicos, recursos naturales o influencia geopolítica y se transforma en una aparente obligación moral de intervenir.

Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, advirtió además que las sociedades contemporáneas viven cada vez más a través de imágenes y representaciones construidas. La guerra moderna también se libra frente a las cámaras: ruedas de prensa, discursos presidenciales, mapas digitales, transmisiones televisivas y titulares periodísticos determinan qué hechos reciben atención y cuáles permanecen invisibles. La opinión pública conoce los conflictos a través de una narrativa previamente organizada.

La historia reciente ofrece numerosos ejemplos. En Vietnam, la intervención estadounidense fue presentada durante años como una acción necesaria para contener la expansión del comunismo. Sin embargo, el propio nombre del conflicto revela cómo opera el lenguaje. En buena parte del mundo occidental se popularizó como la "Guerra de Vietnam", mientras que en Vietnam es conocida como la "Guerra Americana". Ambos nombres describen el mismo conflicto, pero desde perspectivas completamente distintas sobre quién llevó la guerra al territorio del otro.


Décadas después, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos inició la operación "Enduring Freedom" o "Libertad Duradera" en Afganistán con el objetivo declarado de combatir el terrorismo y liberar al pueblo afgano del régimen talibán. Después de veinte años de presencia militar, miles de millones de dólares invertidos y cientos de miles de víctimas directas e indirectas, la retirada estadounidense fue seguida por el regreso de los talibanes al poder. La promesa inicial de estabilidad y democratización terminó dejando un escenario profundamente incierto.


En 2003 ocurrió algo similar con Irak. La invasión fue justificada mediante la existencia de supuestas armas de destrucción masiva y la necesidad de liberar al pueblo iraquí del régimen de Saddam Hussein. Posteriormente esas armas nunca fueron encontradas, lo que abrió uno de los mayores debates internacionales sobre la legitimidad de aquella intervención. Mientras tanto, el país enfrentó años de violencia, fragmentación institucional, conflictos sectarios y el surgimiento de nuevos grupos extremistas.

Libia representa otro caso significativo. La intervención internacional de 2011 fue presentada como una acción destinada a proteger a la población civil frente al gobierno de Muamar Gadafi. Tras la caída del régimen, lejos de consolidarse una estabilidad democrática, el país experimentó una prolongada fragmentación política, enfrentamientos armados entre distintas facciones y una profunda debilidad institucional que aún persiste.


Incluso operaciones anteriores, como la invasión de Panamá en 1989, recibieron nombres cuidadosamente seleccionados. Estados Unidos denominó aquella intervención "Operation Just Cause" o "Operación Causa Justa". Antes incluso de abrir el debate sobre su legalidad o sus consecuencias, el propio nombre transmitía un juicio moral sobre la legitimidad de la acción militar.

Actualmente, Irán ocupa un lugar central dentro de esta construcción discursiva. Desde la Revolución Islámica de 1979, las relaciones entre Washington y Teherán han estado marcadas por sanciones económicas, conflictos indirectos y una narrativa permanente donde Irán aparece frecuentemente como una amenaza para la estabilidad internacional, mientras que desde la perspectiva iraní muchas de las acciones estadounidenses son interpretadas como intentos de intervención y control regional. Independientemente de la valoración que cada persona haga sobre el gobierno iraní, resulta evidente que la construcción del enemigo constituye una herramienta fundamental dentro de la política internacional contemporánea.


Cuando se observan en conjunto los casos de Vietnam, Afganistán, Irak, Libia o Panamá aparece una pregunta inevitable. Muchas de estas intervenciones fueron justificadas en nombre de la democracia, la seguridad o la libertad. Sin embargo, varias de las sociedades donde se realizaron terminaron enfrentando profundas crisis políticas, violencia prolongada, debilitamiento institucional, desplazamientos masivos y graves problemas económicos. Esto no significa que todos esos países estuvieran libres de conflictos antes de las intervenciones, pero sí invita a evaluar críticamente hasta qué punto los objetivos declarados coincidieron con los resultados obtenidos.


Tal vez la enseñanza más importante sea que la primera batalla de cualquier guerra continúa librándose en el terreno del lenguaje. Como señaló George Orwell en 1984, controlar las palabras implica influir sobre la forma en que una sociedad interpreta la realidad. Por eso resulta necesario cuestionar los nombres, los discursos y las explicaciones oficiales, porque cuando una invasión recibe el nombre de libertad, cuando una ocupación se presenta como una misión humanitaria y cuando una guerra termina siendo recordada únicamente por el nombre del país atacado, el lenguaje deja de ser una herramienta para describir los hechos y se convierte en un instrumento de poder.


La verdadera defensa del pensamiento crítico comienza precisamente ahí: preguntándonos no sólo quién dispara las armas, sino también quién escribe la historia y quién decide cómo será recordada.

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