Cuando un barrio baila, la comunidad resiste: la cultura sonidera frente a la gentrificación y la mercantilización de la vida




"Un barrio deja de existir mucho antes de que derriben sus casas; desaparece cuando sus habitantes dejan de reconocerse entre sí."

Javier E. Carrasco

Vivimos una época en la que todo parece tener un precio. La vivienda se convierte en inversión financiera, las plazas públicas en escaparates comerciales, la cultura en contenido para redes sociales y las relaciones humanas en oportunidades de mercado. En ese contexto, preguntarnos por el futuro de la música sonidera no es preguntarnos únicamente por un género musical; es preguntarnos por el futuro de la comunidad.

Cada vez que un sonidero instala su equipo en una calle, un patio o una cancha, ocurre algo que el mercado difícilmente puede vender: vecinos que vuelven a encontrarse, generaciones que comparten el mismo espacio y una identidad colectiva que se fortalece. Mientras el capitalismo contemporáneo privilegia el consumo individual, el baile sonidero continúa apostando por la convivencia.

La cultura sonidera comenzó a consolidarse en la Ciudad de México durante las décadas de 1960 y 1970. Influenciada por ritmos afrocaribeños como la cumbia, la salsa, el guaguancó y el boogaloo, encontró en las colonias populares un terreno fértil para crecer.

Mientras los grandes salones de baile resultaban inaccesibles para muchas familias trabajadoras, los sonideros llevaron la música a las calles, patios y espacios comunitarios. Así nació una tradición que no solo difundía música, sino que fortalecía los lazos entre vecinos.

El saludo por el micrófono, la dedicatoria a familiares y amigos, y el reconocimiento público de quienes forman parte del barrio son prácticas que construyen identidad colectiva.

El barrio como espacio político

El filósofo alemán Karl Marx, en El Capital (1867), sostuvo que el capitalismo tiende a convertir en mercancía todo aquello que puede producir ganancias. La vivienda deja de ser únicamente un hogar; el trabajo deja de ser solamente una actividad creadora; incluso el tiempo libre termina organizado por la lógica del mercado.

Más de un siglo después, el geógrafo David Harvey, en Breve historia del neoliberalismo (2005), explicó que esta lógica también transforma las ciudades. Los barrios dejan de planearse para quienes los habitan y comienzan a diseñarse para atraer inversiones, turismo y capital inmobiliario.

La pregunta entonces no es únicamente quién compra las casas. La pregunta es quién conserva el derecho de construir comunidad.

Porque una ciudad no pertenece al que más dinero tiene, sino a quienes la mantienen viva todos los días.

La gentrificación no solo desplaza personas; desplaza memorias

La socióloga Ruth Glass, quien acuñó el término gentrificación en 1964, observó cómo antiguos barrios obreros cambiaban rápidamente hasta expulsar a sus habitantes originales.

Hoy ese fenómeno puede observarse en numerosas ciudades mexicanas. El aumento del precio de la vivienda, la llegada de nuevos desarrollos inmobiliarios y la sustitución de comercios tradicionales por negocios dirigidos a otros sectores sociales modifican profundamente la vida cotidiana.

Con frecuencia, las primeras víctimas no son los edificios; son las costumbres.

Desaparecen los bailes populares.

Desaparecen las fiestas patronales.

Desaparecen los saludos por el micrófono del sonidero.

Desaparecen los espacios donde el barrio aprendía a reconocerse.

Y cuando desaparece la memoria colectiva, el mercado encuentra menos resistencia para convertir la ciudad en un producto.

La cultura popular también produce conocimiento

El historiador E. P. Thompson, en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), mostró que las clases trabajadoras no solamente producen riqueza; también producen cultura, tradiciones y formas de organización.

El sociólogo Pierre Bourdieu, en La distinción (1979), explicó cómo muchas expresiones culturales populares han sido históricamente desvalorizadas frente a aquellas consideradas de "alta cultura".

Sin embargo, basta asistir a un baile sonidero para comprender que allí existe una compleja organización social: códigos compartidos, redes de solidaridad, respeto entre generaciones y una memoria musical construida durante décadas.

La academia estudia estos fenómenos porque entiende que la cultura también explica cómo una sociedad se organiza y enfrenta los cambios.

La resistencia también se baila

Hoy el capitalismo no solamente vende productos; vende estilos de vida. Nos invita a consumir más y a convivir menos. Promueve ciudades donde abundan los centros comerciales, pero escasean los espacios para encontrarse sin necesidad de comprar algo.

Frente a esa lógica, la cultura sonidera representa una forma distinta de entender la ciudad.

No porque rechace el progreso.

Sino porque recuerda que ningún proyecto de desarrollo puede llamarse exitoso si destruye los vínculos que hacen posible la vida comunitaria.

Una comunidad organizada vale más que un barrio lleno de edificios vacíos.

Una plaza con vecinos conversando vale más que una calle donde todos pasan sin mirarse.

Un baile popular vale más que una ciudad donde el silencio es consecuencia del desplazamiento de quienes le dieron identidad.

Defender la comunidad

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea únicamente enfrentar la desigualdad económica, sino impedir que la lógica del mercado sustituya la solidaridad por el individualismo.

El marxismo nos ofrece herramientas para comprender las relaciones entre economía y poder. Pero también es necesario reconocer que la resistencia cotidiana nace en los espacios donde las personas se organizan, comparten y construyen identidad.

Cada saludo del sonidero recuerda que detrás de cada nombre existe una historia.

Cada cumbia compartida demuestra que todavía es posible encontrarnos sin convertirnos en consumidores.

Cada barrio que conserva sus tradiciones demuestra que la cultura popular sigue siendo una forma de resistencia.

Porque cuando una comunidad baila unida, no solo celebra su pasado: también defiende su derecho a construir su futuro.

Bibliografía

  • Karl Marx. El Capital (1867).
  • David Harvey. Breve historia del neoliberalismo (2005).
  • Ruth Glass. London: Aspects of Change (1964).
  • E. P. Thompson. La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963).
  • Pierre Bourdieu. La distinción (1979).

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