¿América Latina ante la nueva disputa por la hegemonía mundial?


Por: Javier E. Carrasco

"Cuando el fascismo regrese lo hará 
En nombre de la libertad"
Thomas Mann

"El viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer,
y en ese claroscuro surgen los monstruos"
Antonio Gramsci

La historia demuestra que los grandes cambios políticos nunca ocurren de manera aislada. Detrás de cada transformación electoral suele existir una disputa más profunda sobre el modelo económico, el orden internacional y la distribución del poder. En ese sentido, el avance de gobiernos y movimientos de derecha en distintos países de América Latina no puede analizarse únicamente como un fenómeno interno de cada nación; también debe entenderse como parte de una reconfiguración geopolítica global marcada por la crisis del orden unipolar encabezado por Estados Unidos y por la emergencia de un mundo crecientemente multipolar.

Desde una perspectiva crítica, Antonio Gramsci sostenía en sus Cuadernos de la cárcel que la hegemonía no perdura únicamente por la fuerza, sino por la capacidad de las clases dirigentes para construir consenso cultural, político e ideológico. Cuando ese consenso comienza a fracturarse, las élites buscan nuevos mecanismos para preservar su posición dominante. En un sentido similar, David Harvey, en Breve historia del neoliberalismo, explica que las crisis económicas suelen abrir espacios para profundas reconfiguraciones del poder político destinadas a preservar la acumulación del capital.

Hoy observamos precisamente un escenario de esa naturaleza. La hegemonía unipolar que Estados Unidos consolidó tras la desaparición de la Unión Soviética enfrenta desafíos crecientes. El ascenso económico de China, la permanencia estratégica de Rusia, la ampliación de los BRICS y la capacidad de diversos actores regionales para resistir presiones diplomáticas y militares muestran que el sistema internacional ya no responde a la lógica de un único centro de poder.

Los acontecimientos recientes en Medio Oriente alimentan este debate. Independientemente de la valoración política que cada observador haga del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, resulta evidente que la capacidad de Washington para imponer unilateralmente sus objetivos estratégicos enfrenta hoy mayores límites que hace dos décadas. Para numerosos especialistas en relaciones internacionales, ello constituye una muestra de que la transición hacia un orden multipolar se encuentra en marcha, aun cuando su desenlace permanezca abierto.

Es precisamente en estos periodos de transición donde resurgen proyectos políticos de fuerte contenido nacionalista y conservador. Desde una lectura dialéctica, ello puede interpretarse como una reacción de los sectores que buscan preservar el orden económico dominante frente a un escenario internacional cada vez más incierto. No se trata únicamente de una disputa electoral, sino de una confrontación entre distintos proyectos de organización del poder económico y político.

Yanis Varoufakis, en su obra Tecnofeudalismo, sostiene que el capitalismo contemporáneo atraviesa una transformación profunda, en la que las grandes plataformas digitales y los nuevos monopolios tecnológicos concentran niveles inéditos de poder económico. Para el autor griego, esta nueva fase genera tensiones sociales que posteriormente encuentran expresión en fenómenos políticos cada vez más polarizados.

América Latina no permanece ajena a estas dinámicas. Durante las primeras décadas del siglo XXI, diversos gobiernos progresistas impulsaron procesos de ampliación de derechos sociales, fortalecimiento del Estado y reducción de la pobreza. Sin embargo, paralelamente surgieron nuevos actores políticos que reivindican programas de liberalización económica, reducción del Estado y discursos nacionalistas, presentándose como alternativa frente al desgaste de las estructuras políticas tradicionales.

La llegada de Javier Milei al gobierno argentino representa uno de los ejemplos más visibles de este fenómeno. Su propuesta combina una defensa radical del libre mercado con una crítica frontal al Estado como instrumento redistributivo. A ello se suma el fortalecimiento de fuerzas conservadoras en Ecuador, la intensa disputa política en Bolivia y, recientemente, la elección presidencial en Colombia, donde el triunfo de Abelardo de la Espriella refleja una competencia ideológica cada vez más cerrada y polarizada.

Estos procesos no necesariamente significan un rechazo definitivo a las ideas progresistas; reflejan, más bien, que América Latina continúa siendo uno de los principales escenarios de disputa por la hegemonía política del continente. Como advertía Nicos Poulantzas, el Estado constituye un espacio de condensación de las relaciones de fuerza entre las distintas clases sociales. En consecuencia, cada proceso electoral expresa también una confrontación entre proyectos económicos, intereses geopolíticos y modelos de desarrollo.

Desde esta perspectiva, la nueva derecha latinoamericana aparece estrechamente vinculada con un contexto internacional en el que el capitalismo busca reorganizar sus mecanismos de legitimidad frente al cuestionamiento del orden unipolar. El discurso de la seguridad, el nacionalismo económico, la reducción del Estado y la exaltación del individuo adquieren fuerza precisamente en momentos donde las estructuras tradicionales del poder económico enfrentan crecientes desafíos.

Ello obliga a las fuerzas progresistas a comprender que la disputa ya no se desarrolla únicamente en el terreno electoral. También se libra en el ámbito cultural, tecnológico, comunicacional y geopolítico. Como señalaba Gramsci, la hegemonía se construye en la sociedad civil tanto como en las instituciones. Por ello, la organización popular, la formación política y la construcción de nuevos consensos democráticos resultan indispensables para responder a una coyuntura internacional caracterizada por profundas transformaciones.

La elección colombiana confirma que América Latina entra en una nueva etapa de competencia política. El continente seguirá siendo un espacio estratégico donde confluyen intereses económicos globales, disputas geopolíticas y proyectos nacionales divergentes. Comprender estas dinámicas exige abandonar explicaciones simplistas y asumir una visión dialéctica de la historia: los avances y retrocesos de las distintas corrientes políticas no responden únicamente a coyunturas electorales, sino a las contradicciones de un sistema internacional que transita desde la hegemonía unipolar hacia un orden cada vez más multipolar.

En ese escenario, el reto para las fuerzas democráticas y progresistas no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en construir proyectos capaces de responder a las nuevas formas del poder económico global, fortalecer la soberanía de los Estados, ampliar la justicia social y consolidar una integración latinoamericana que permita a la región actuar como un actor con voz propia en el nuevo equilibrio internacional.

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